El ojo del Halkón

Por: RUDAMES
Hay cosas importantes en el gobierno de Juan Manuel Santos pero otras que le faltan mas cuerpo y fortaleza, y me refiero precisamente a la forma de acabar con la delincuencia en la comuna 13 de Medellín y en las diferentes regiones del país que afectan sobre todo a los jóvenes.
No es llenando las ciudades y los pueblos y los campos de policías y de ejército, sino dando oportunidades para que los jóvenes puedan estudiar y de esta manera tener trabajos dignos que los alejen de las tentaciones del dinero fácil.
En un país como el nuestro, que hay que demostrar experiencia para cuando se sale de estudiar, para poder conseguir un trabajo el futuro es casi nada, por lo que la situación se hace cada día más difícil y peor si quienes trabajan haciendo las leyes no toman en serio los temas sociales que es lo mas importante en este momento.
No se ve solución a este duro problema a la vista, pues donde crece la informalidad, que se puede esperar, donde los muchachos se alejan de las aulas escolares, porque no están recibiendo una buena formación, donde los padres no tienen tiempo de darse cuenta que hacen sus hijos y donde los hijos hacen lo que se les venga en gana, no es muy fácil encontrarle salida a esto que muchos han calificado una bomba de tiempo, porque con hambre nadie hace nada y si lo hace, lo hace mal.
Las peleas que quiere tener el Presidente del Congreso con el Ministro del Interior por la presentación de proyectos, me suena más a protagonismo y es que sin lugar a dudas Armando Benedetti hace sus cosas a su manera, como lo que hizo de ir a Venezuela a hablar con políticos y con el propio Jefe de Estado solo, sabiendo que por su investidura debe de ir acompañado de otros integrantes de Congreso y además que una sola golondrina no hace verano.
Quiero hablar de un tema que no es de mi agrado pero que es vox populi en los diferentes medios de comunicación, en especial de provincia, y es el trato que dan algunos jefes de prensa de los ministerios, de la Cancillería y del Senado y la Cámara de Representantes, pues para ellos no es importante sino la gran prensa, si es que existe, olvidando que están otros medios de comunicación que también son de importancia porque tienen sus lectores, pero qué se puede esperar de personas sin formación académica porque parece que pasaron por la universidad y no entraron en ella.
A raíz de la anterior columna, donde hablaba del comportamiento de algunos periodistas que no saben ni escribir y mucho menos hablar en los medios como la radio y la televisión, recibí comentarios que estaban de acuerdo en que estos muchachos no tenían la responsabilidad porque los profesores no eran cultos ni conocían los temas, porque con diferencia a hace algunos años, los grandes instructores eran personas de experiencia y ahora no hay nada de raro que los profesores sean recién egresados o personas que nada tienen que ver con lo que están enseñando.
Hace varios años se viene hablando de la responsabilidad de la academia porque estamos formando profesionales mediocres y no solo en periodismo sino en las diferentes áreas, lo que sería importante es que ahora que se habla tanto de la calidad de la información, la nueva jefe de la cartera del ramo, los secretarios de educación y otras personas que tienen que ver al respecto, tomaran cartas en el asunto, lo que creo imposible porque con la politiquería con que se maneja la educación y la salud que son bases para una buena calidad de vida, esto no se consigue porque se están nombrando personas para cargos muy importantes que no saben ni para donde van.
La mediocridad no se debe patrocinar y se debe respetar lo que se logró por medio de los concursos de méritos, para que quienes ocupen estos puestos sean las personas idóneas y no los advenedizos del tiempo.
He visto con sorpresa o mejor con asombro que en varias entidades del estado, no se ha respetado la meritocracia en el momento de nombrar al nuevo personal, porque este es un país de leyes en donde hecha la ley está hecha la trampa.
Nota: Hablando de otro tema, hoy el periodismo, ese verdadero periodismo está de luto, se murió Antonio Ibáñez más conocido “el señor de la noche”, unos periodistas de esos cultos, estudiosos, investigadores y respetuosos de su profesión.
Se fue después de más de cuarenta años de trabajo, de comenzar en la ciudad de Medellín y llegar a Bogotá para prestar sus servicios a las cadenas Caracol y Todelar.
Se recuerdan sus palabras: “Hoy es el día más importante de mi vida porque puede ser el último para llegar a transformarme en lo que de verdad debo de ser, amo a los seres que me rodean, a las plantas, a los animales y al aire que respiro, porque ellos son parte de mi existencia”.
Conocí a Antonio en un reportaje que le hice para la revista Semana en 1982 cuando dirigía el programa de la noche de Caracol “Una voz en el camino”, era un hombre intelectual, amable, sincero, orgulloso de su descendencia y en especial un verdadero periodista. Antonio no se fue, solamente se nos adelantó un poco.
Agridulce momento de Obama
El Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, acaba de cerrar el capítulo sobre la presencia militar de su país en Irak, pero se le abre internamente quizás otro más difícil y riesgoso: evitar una derrota de los demócratas en las elecciones legislativas de noviembre próximo, en momentos de un descontento por el manejo de la economía y preocupantes brotes xenófobos.
El Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, ha vuelto a preparar en dosis estratégicas de prioridades internas y política internacional una nueva receta para enfrentar dos desafíos tan urgentes como peligrosos. Uno, la recuperación de la débil economía estadounidense; y dos, la neutralización de la amenaza terrorista que sigue latente en Afganistán y no se disipa en Irak, pese al retiro de sus tropas de combate, finiquitado antier.
Todo, en un momento que haría perder el semblante a cualquiera. La sonrisa amplia de los primeros meses de Obama ha dado paso al rostro adusto y preocupado, nada distinto al de cientos de miles de estadounidenses que siguen padeciendo los rigores de la crisis económica mundial y comienzan a pedir resultados concretos a sus necesidades básicas, en especial de empleo.
La economía estadounidense no repunta y los fantasmas de una segunda recesión deambulan por la Casa Blanca con la misma rapidez con que se conocen las dificultades que atraviesan poco más de un centenar de bancos en peligro de entrar en bancarrota y generar un efecto dominó sobre el resto del aparato productivo. En ese contexto, las palabras pronunciadas por Obama en el Despacho Oval, donde anunció el fin de la operación militar de sus tropas en Irak, son síntoma de sus preocupaciones. "Ahora mi responsabilidad central es restaurar la salud de la economía de todos los estadounidenses y, sobre todo, recuperar a nuestra clase media".
Un mensaje, sin duda, con alto valor político para Obama y su Partido Demócrata, que ven en riesgo su mayoría en el Congreso ante la arremetida de los republicanos, a escasos dos meses de las elecciones legislativas.
La popularidad del Presidente está por debajo del 50 por ciento y el más reciente sondeo de opinión realizado por la firma Gkf Roper Public estima que sólo el 37 por ciento de los estadounidenses encuestados (1.007 personas) cree que el país va por buen camino. En nueve de 15 temas de interés nacional, los encuestados dijeron que prefieren ser dirigidos por republicanos y algunas proyecciones electorales prevén que los demócratas podrían perder seis escaños en noviembre próximo.
Y el semblante de Obama no es mejor que el de las minorías y grupos de inmigrantes en Estados Unidos, que han vuelto a sentir la discriminación racial y religiosa. El acto protagonizado por cientos de miles de manifestantes blancos, el pasado sábado, en el emblemático National Mall de Washington, donde el líder de color Martin Luther King habló de un sueño para todos los americanos, refleja una situación preocupante de polarización y xenofobia que Obama tendrá que enfrentar con más inteligencia y prontitud que la propia guerra en Afganistán.
Hoy, cuando Estados Unidos vuelve a revivir el golpeado proceso de paz entre Israel y Palestina y resurgen las esperanzas de un diálogo definitivo que posibilite la existencia de ambos como Estados, el terrorismo volvió a hacerse sentir en Cisjordania, donde fueron asesinados cuatro colonos israelíes.
La apuesta de Obama por ese proceso dependerá de los resultados que se logren en esta nueva era y, definitivamente, estará marcada por la situación interna que ahora enfrenta y cuyos efectos podrían resultar más dañinos que los causados hace cinco años por el huracán Katrina en Nueva Orleáns o los que amenaza con provocar ahora Earl en las costas de Carolina del Norte.
EL COLOMBIANO | Medellín |
Guayos caídos
Que el fútbol colombiano está en crisis es una realidad que el aficionado conoce desde hace mucho tiempo y que se refleja en los mediocres resultados internacionales. Sin embargo, a la baja calidad del espectáculo se ha sumado en los últimos años una severa debacle financiera, que tiene a la mitad de los clubes profesionales del país al borde de la quiebra y a los jugadores a punto de no salir a las canchas.
Esta situación va en contravía de las exorbitantes ganancias que el negocio del balompié genera en otras latitudes. Según el escalafón de la consultora Deloitte, los 20 equipos más rentables del planeta, encabezados por el Real Madrid y el Barcelona de España, produjeron el año pasado más de 4.000 millones de dólares. En contraste, los informes de las escuadras nacionales reportaron a finales del 2009 un balance de pérdidas por unos 11 millones de dólares, más de 20.000 millones de pesos. Estos abultados déficits se han traducido en el incumplimiento de las más básicas obligaciones laborales con los deportistas, como el pago de sus salarios, los aportes a la seguridad social y los parafiscales. El inicio del torneo A de la división mayor ha estado marcado por continuas y justificadas amenazas de huelga en el Once Caldas, el Pereira, el Pasto y el América, entre otros. Algunos más siguen en aprietos económicos, como el Cali, Cortuluá, Millonarios, Quindío y Real Cartagena.
No causa mayor sorpresa el lamentable estado del deporte más popular del país. Hace años que el nivel del espectáculo brindado no es atractivo y el rentado carece de figuras que lleven fanáticos a las graderías porque las venden muy rápido. Por otro lado, la mayoría de los estadios se encuentran en condiciones lamentables -a pesar de las mejoras actuales para el Mundial Sub-20 del próximo año, del cual Colombia será sede-; las boletas son costosas para el bolsillo promedio y la agresividad de las barras bravas ha ahuyentado a muchos aficionados, que prefieren seguir a sus equipos por televisión. Por ejemplo, en las siete primeras fechas del torneo pasado el promedio nacional fue de 9.592 espectadores, mientras que en el mismo período del actual la cifra bajó a 6.103.
Por este motivo, la decisión del nuevo director de Coldeportes, Jairo Clopatofsky, de "intervenir" el fútbol profesional es la más acertada. El Gobierno no sólo cuenta con las herramientas regulatorias para ordenar esta actividad, sino que ha presentado un proyecto de ley para convertir las escuadras en sociedades anónimas. Para los dirigentes de la Federación Colombiana de Fútbol, las declaraciones del funcionario pondrían al país en la mira de la Fifa y podrían desembocar en sanciones ad portas del próximo Mundial Sub-20. Sin embargo, el balompié profesional no puede continuar comportándose como una isla, donde la ley del deporte se incumple y donde los derechos de los trabajadores se congelan. El futbolista no es culpable de los ineficientes manejos administrativos de los oncenos ni de que el anticipo del patrocinio millonario de la liga ya se haya gastado. La eventual molestia de la Fifa no puede servir de tapadera del fracaso gerencial de la actual dirigencia ni de excusa para sostener un statu quo inaceptable.
Como lo afirmó Clopatofsky, Coldeportes debe asumir sus responsabilidades como ente de vigilancia y garantizar que los jugadores sean tratados con dignidad. Y si se necesita revocar los reconocimientos deportivos de varios clubes, pues bien le haría al fútbol profesional contar con menos, pero rentables y respetuosos de sus obligaciones. La iniciativa que hoy transita por el Congreso tampoco será la fórmula mágica que los salvará. El balompié nacional requiere reformas administrativas y un revolcón que le quedó grande a la mayoría de quienes hoy manejan las riendas del negocio.
editorial@eltiempo.com.co
Menores: los nuevos culpables
EL AÑO PASADO, ANTE LA CRÍTICA Situación de seguridad en Cali, el alcalde Jorge Iván Ospina propuso modificar el Código de Infancia y Adolescencia con el fin de endurecer las penas para los menores de edad.
El motivo: cerca de cuatro mil jóvenes, en un periodo de 16 meses, habían sido capturados por distintas actividades criminales. Ahora, el alcalde de Medellín, Alonso Salazar, y el alcalde de Bogotá, Samuel Moreno, con la misma motivación, se han unido a la iniciativa, y ya se sumarán, de seguro, las voces de los dirigentes de la Costa Atlántica, cuyas ciudades han sufrido también con intensidad la escalada de la violencia. Con el apoyo ya esbozado del ministro del Interior, Germán Vargas Lleras, es bastante probable que algún cambio en la legislación termine, más temprano que tarde, implementándose dado el preocupante panorama de inseguridad urbana que vive el país por estos días.
No obstante, y a pesar de las estadísticas, el asunto debe abordarse con clama. Como lo advertía Humberto de la Calle en su columna del pasado domingo en El Espectador, cada vez que se pone ante la opinión pública algún acontecimiento de cierta manera escabroso, la sociedad y los medios salimos a clamar escarmiento inmediato sin detenernos a pensar en el origen del problema y las medidas razonables. Tiene razón. El populismo penal se ha vuelto constante. Desde la cadena perpetua para los violadores, hasta las penas a los conductores alicorados, se clama por castigos cada vez más radicales. Es prudente detenernos y revaluar, pues, a este paso, en poco tiempo estaremos suplicando por el restablecimiento de la horca.
No se trata de negar la necesidad de actualizar las normas. Las sociedades cambian y las nuevas dinámicas exigen por supuesto estrategias diferentes. Sin embargo, tal y como está hoy el Código del Menor y la Infancia, las medidas son ya bastante exigentes. Aunque los menores de 14 años no pueden ser privados de la libertad por haber cometido una conducta punible, la norma establece que los menores entre los 16 y 18 años que sean hallados responsables de la comisión de delitos graves pueden ser encarcelados con penas de hasta seis años. Tiempo que significa, a esa edad, una buena porción de la vida. ¿Qué se ganaría con aumentar la condena de estos últimos o con meter a los más chicos a la cárcel?
Pregunta que cobra especial relevancia si se tiene en cuenta que las altas tasas de criminalidad están respondiendo a bandas muy bien entrenadas y organizadas. Suponer que penas más fuertes a los jóvenes detendrán la ola de violencia es como suponer que la guerra contra las drogas se gana cazando jíbaros. El asunto es mucho más complicado y se requiere de labores e inteligencia serias que permitan desmantelar, en su totalidad, a los grupos criminales. Aquí los jóvenes son más víctimas que victimarios.
La iniciativa aparece, pues, en el momento equivocado. Antes de pretender privar de libertad a los menores, se necesita haber agotado todas las demás posibilidades que —y es de enfatizar— no son sólo legislativas. Como bien lo señalaba el jurista y político Alfonso Gómez en Portafolio, hemos caído en una especie de “fetichismo normativo” al que se le achacan todos nuestros males. Es cierto que hay reglas que deben actualizarse, pero también lo es que no se puede perder de vista la falta de ejecución de los organismos competentes. Es evidente que el despliegue de la criminalidad poco tiene que ver con los menores y nada ganarán las autoridades tratando de hacerle desviar al público la mirada. Se dejó escalar la violencia y ahora tienen que ver cómo resuelven el problema. Actitud, entre otras, mucho más provechosa que la de seguir, como menores, tirándoles a otros la culpa.
* Elespectador.com

